El poder de la proximidad: Nos enamoramos de las personas que tenemos cerca.


Más de seis billones de personas viven en nuestro planeta, y es posible que varios miles de ellos te agraden lo suficiente como para considerarlos tus amigos y entre ellos quizás encontrar tu posible pareja. Sin embargo, es muy poco probable que acabe ocurriendo así. Cada uno de nosotros probablemente entrará en contacto, interactuará y conocerá sólo un minúsculo porcentaje de ellos. En este relativamente pequeño subgrupo, sólo nos relacionaremos con unos pocos, de ellos unos pocos se transformarán en amigos o enemigos, y la mayoría permanecerán como extraños. ¿Qué determina el entrar en contacto, la interacción y el nivel de atracción? ¿Cómo nos enamoramos?

Un determinante obvio, pero quizás no tan obvio, está controlado por nuestro entorno físico. Muchos detalles aparentemente sin importancia de donde vivimos, trabajamos o vamos a la escuela representan influencias importantes y a menudo pasadas por alto, sobre nuestra conducta interpersonal. Dicho simplemente, dos personas tienden a iniciar una relación si factores externos (por ejemplo, la localización de las habitaciones en una residencia, de los asientos en clase, de los escritorios en el trabajo, etc.) los llevan a un contacto repetido. Este contacto es el resultado de la proximidad física o cercanía



POR QUÉ LA PROXIMIDAD IMPORTA: EXPOSICIÓN REPETIDA. Recuerda tu primer día en la universidad. Probablemente entraste en contacto con muchos extraños en las aceras, escalones, aulas, cafetería, biblioteca y en donde vivías. En un primer momento, estas personas constituían una masa borrosa y confusa de personas que no conocías. Sin embargo, en un período relativamente corto de tiempo, a medida que recorrías el corredor de tu residencia estudiantil o te sentabas en tu aula, algunas caras comenzaron a resaltar simplemente porque pasabas cerca o te sentabas al lado de unas pocas personas más de una vez. Estos contactos casuales y no planificados pronto llevan al reconocimiento mutuo. Puede que no supieras quiénes eran estas personas, pero llegaste a reconocer sus caras y ellos a reconocer la tuya. Como resultado, tanto tú como ellos estabas más dados a decir «Hola» la próxima vez que os encontrarais y quizás intercambiarais una palabra o dos acerca de temas casuales como el próximo examen, el clima o algún evento en el campus. Es agradable ver una cara conocida, ¿por qué es eso?

Se ha encontrado que la exposición repetida a un nuevo estímulo (la cara de un extraño, un dibujo abstracto, un producto o lo que sea) por lo general resultará en una evaluación cada vez más positiva de ese estímulo (Zajonc, 1968). Incluso los niños tienden a sonreir ante una fotografía de alguien que han visto antes pero no ante una fotografía de alguien que están viendo por primera vez (Brooks-Gunn y Lewis, 1981)
 La explicación de Zajonc se refiere al hecho de que usualmente respondemos con al menos un malestar moderado, cuando nos encontramos con alguien o algo desconocido. Tal como discutiremos con más detalle más adelante en otra publicación, entre nuestros ancestros primitivos era probablemente peligroso confiar en extraños o responder positivamente a casi cualquier cosa que fuera nueva y desconocida. Sin embargo, con la exposición repetida, los estímulos nuevos y atemorizantes podían gradualmente tornarse familiares y seguros. Una cara familiar no sólo se evalúa positivamente, sino que genera afecto positivo y activa los músculos faciales y la actividad cerebral de una manera que indica una respuesta emocional positiva (Harmon-Jones y Allen, 2001). La palabra familiar se relaciona con la palabra familia, y la exposición repetida nos permite incluir a las nuevas personas y a los nuevos aspectos de nuestro mundo en nuestra familia extendida. Aun en la ausencia del lenguaje, los animales son capaces de categorizar y clasificar personas específicas en sus encuentros sociales, como amigos o enemigos (Schusterman, Reichmuth y Kastak, 2000)

Aun cuando el efecto de exposición repetida ha sido demostrado en muchos experimentos utilizando muchos estímulos diferentes, Hansen y Bartsch (2001) sugirieron la posibilidad de que no todas las personas responden de igual manera al efecto de exposición. Específicamente, propusieron que aquéllos con más «necesidad de estructura» serían los más susceptibles al efecto de exposición repetida. La Escala de Necesidad Personal de Estructura evalúa cuánta organización prefiere una persona en su mundo (Neuberg y Newsom, 1993). Aquellos que puntúan alto en esta escala (comparados con aquellos que puntúan bajo) son más dados a organizar su entorno social y no social de maneras menos complejas, a usar estereotipos más fácilmente, y generalmente utilizan categorías cuando hacen juicios. En la porción experimental del estudio, los participantes fueron divididos entre los que tenían una alta y una baja necesidad de estructura; a cada persona le fueron mostradas una serie de palabras turcas desconocidas como merhaba, pazar y yirmibes. Algunas palabras fueron mostradas una vez, algunas dos veces, y así sucesivamente, hasta algunas que fueron mostradas nueve veces; a continuación, cada palabra fue mostrada una última vez y evaluada por los participantes. Tanto el grupo de alta, como el de baja necesidad de estructura, mostraron el efecto de exposición repetida, es decir, a más veces había sido mostrada una palabra, más positivamente era evaluada. Sin embargo, este efecto fue mucho más fuerte en aquellos con alta necesidad de estructura, que en aquellos con un nivel bajo de esta necesidad. Los participantes con alta necesidad también respondieron mucho más negativamente ante una palabra desconocida, la cual no había sido mostrada previamente, que aquellos con una baja necesidad. Los investigadores concluyeron que la afirmación «La familiaridad conduce al agrado» debe ser modificada, y decir «La familiaridad conduce al agrado si la persona tiene una alta necesidad de estructura» (Hansen y Bartsch, 2001)
Tal como puedes esperar a partir de la discusión del condicionamiento subliminal en una publicación anterior, la exposición repetida a un estímulo influye la evaluación que hace la persona de ese estímulo, aun cuando esa persona no esté enterada de que dicha exposición ha tenido lugar. De hecho, el efecto es más fuerte bajo estas condiciones. Bornstein y D’Agostino (1992) presentaron estímulos a unos participantes de una investigación a una velocidad normal, y a otros, a una velocidad tan rápida que ellos no se dieron cuenta de haberlas visto (una velocidad considerada subliminal o debajo del umbral). El efecto de exposición repetida se encontró en ambas condiciones, pero el efecto fue mayor cuando los estímulos fueron presentados subliminalmente que cuando fueron presentados a una velocidad normal.

El efecto de exposición repetida subliminal influye no sólo la evaluación de estímulos específicos, sino la evaluación de otros estímulos (Monahan, Murphy y Zajonc, 2000). En otras palabras, el afecto positivo generado por la exposición a un grupo específico de estímulos se generaliza a otros estímulos. En un experimento interesante, estudiantes universitarios, participantes en una investigación, fueron expuestos subliminalmente, una vez o repetidas veces, a estímulos que consistían en ideogramas chinos o en dibujos de polígonos. Luego, se les pidió que indicaran cuánto les agradaban cada uno de 15 estímulos, después de ver cada uno durante un segundo. Algunos evaluaron el mismo estímulo al que habían sido expuestos, —los mismos ideogramas chinos si habían sido expuestos a ideogramas chinos, o los mismos polígonos si habían sido expuestos a polígonos—. Algunos evaluaron estímulos nuevos, pero similares —ideogramas chinos diferentes si habían sido expuestos a ideogramas chinos, o polígonos diferentes si habían sido expuestos a polígonos—. Otros participantes evaluaron estímulos nuevos, pero diferentes — polígonos si habían estado expuestos a ideogramas chinos o ideogramas chinos si habían estado expuestos a polígono



Como se representa en la Figura, el primer grupo (ideogramas chinos ambas veces o polígonos ambas veces) muestra el usual efecto de exposición repetida. El segundo grupo (ideogramas chinos la primera vez y diferentes ideogramas la segunda vez, o polígonos la primera vez y polígonos diferentes la segunda vez) fue también más positivo hacia estímulos nuevos a los que no había sido expuesto si había sido expuesto repetidamente a estímulos similares. Incluso el tercer grupo (ideogramas la primera vez y polígonos la segunda, o viveversa) mostraron el efecto, aunque no muy fuerte. Comparado con el grupo control (no expuesto previamente a ningún estímulo), aquellos en el tercer grupo fueron más positivos hacia los estímulos nuevos, aun cuando hubieran sido expuestos repetidamente a estímulos muy diferentes. Presumiblemente, el afecto positivo se activó por una prolongada exposición repetida y tuvo un efecto positivo en subsecuentes evaluaciones de otros estímulos

Hay excepciones al efecto de exposición repetida. La excepción más importante es que si la reacción inicial hacia una persona, o hacia cualquier otra cosa, es extremadamente negativa, la exposición repetida no incrementa el agrado y a veces incluso conduce a un mayor desagrado (Swap, 1977). Un ejemplo personal es la canción «Copacabana» cantada por Barry Manilow; a mí (DB) me desagradó intensamente la primera vez que la oí, y el afecto negativo aumentó cada vez que la ponían en la radio. A finales de los años setenta y a principios de los ochenta, la ponían mucho. Otro ejemplo personal se refiere al compañero de habitación que me fue asignado en mi primer año como estudiante universitario. John y yo nos dimos cuenta de que éramos incompatibles desde el primer día que nos conocimos, y tener que compartir una habitación con alguien que te desagrada, durante un año académico completo, sólo hizo que nuestras reacciones fueran más negativas. Afortunadamente, en la mayoría de las situaciones interpersonales, nuestra reacción inicial hacia otras personas es neutral, moderadamente negativa o incluso moderadamente positiva. Como resultado, la exposición repetida generalmente resulta en sentimientos cada vez más positivos y relaciones amistosas. 

¿Hay evidencia de que estos efectos ocurran en la vida diaria? ¿Ayudan a determinar quién se familiarizará con quién? Como descubrirás pronto, la respuesta a ambas preguntas es un rotundo sí.


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