Aprende a quererte más. Una guía para no ser tan duro con uno mismo.


Las personas que no se aceptan a sí mismas muestran una curiosa inversión en las reglas que determinan la supervivencia emocional: son demasiado “duras” con ellas mismas a la hora de criticar su rendimiento y muy “blandas” cuando evalúan a otra gente. Por el contrario, según los datos disponibles, los sujetos que muestran una buena autoestima tratan de mantener un balance justo a la ahora de autoevaluarse: no se destruyen ni destruyen a los demás. De ninguna manera estoy defendiendo el autoengaño sostenido; simplemente pienso que a veces es muy útil para la salud mental “hacer la vista gorda” frente a pequeños e insignificantes errores o defectos personales. Al “yo” hay que mimarlo. El contrasentido es evidente: las personas muy estrictas consigo mismas se colocan una camisa de fuerza para no desquiciarse, y el resultado suele ser el desajuste psicológico.

Veamos una guía que puede servirte para salvaguardar tu autoconcepto del autocastigo, la autocrítica y la autoexigencia indiscriminada:

1. Trata de ser más flexible contigo mismo y con los demás


Intenta no utilizar un criterio dicotómico extremista para evaluar la realidad o a ti mismo. No pienses en términos absolutistas, porque no hay nada totalmente bueno o malo. Es mejor tener tolerancia a que las cosas se salgan a veces del carril y no enloquecer por ello. Yo sé que duele, pero el mundo no gira a tu alrededor ni todos tus deseos son órdenes para el universo (el cosmos no es tan sumiso). Aprende a soportar las discrepancias y a entender tu rigidez como un defecto, no como una virtud: tener la última palabra o imponer tu punto de vista no deja de ser una bravuconada. Las cosas rígidas son menos maleables, no soportan demasiado la variabilidad del mundo que las contiene y se quiebran. Si eres normativo, perfeccionista e intolerante, no sabrás qué hacer con la vida, porque ella no es así. El resultado será que la gran mayoría de los eventos cotidianos te producirán estrés, ya que no son como a ti te gustaría que fueran. Esta forma de estrés tiene un nombre: baja tolerancia a la frustración.

Haz el esfuerzo y concéntrate durante una semana o dos en los matices. No te apresures a categorizar de manera terminante. Detente y piensa si realmente lo que dices es cierto. Revisa tu manera de señalar y señalarte; no seas drástico. Busca a tu alrededor personas a las cuales ya tienes catalogadas y dedícate a cuestionar el cartel que les colgaste; busca evidencia en contra, descubre los puntos medios y, cuando las reevalúes, evita utilizar las palabras siempre, nunca, todo o nada. Tal como decía un reconocido psicólogo, no es lo mismo decir: “Robó una vez” que decir: “Es un ladrón”. Las personas no sólo son, también se comportan. Ya es hora de que vuelvas añicos tu rigidez, porque la intransigencia genera odio y malestar.

Estos indicadores pueden servirte a manera de resumen:


a) Trata de no ser perfeccionista.

Desorganiza un poco tus horarios, tus ritos, tus recorridos, tu manera de disponer las cosas; hazlo como un juego, a ver qué pasa. Convive con el desorden una semana y piérdele el miedo. Descubrirás que todo sigue más o menos igual y que tanto ímpetu controlador era una pérdida de tiempo.

b) No rotules ni te autorrotules.

Intenta ser benigno, especialmente contigo mismo. Habla sólo en términos de conductas cuando te refieras a alguien o a tu “yo”.

c) Concéntrate en los matices.

Piensa más en las opciones y en las excepciones a la regla. La vida está compuesta de tonalidades, más que de blancos y negros.

d) Escucha a las personas que piensan distinto de ti.

Esto no implica que debas necesariamente cambiar de opinión, simplemente escucha. Deja entrar la información y luego decide

Recuerda: si eres inflexible y rígido con el mundo y las personas, terminarás siéndolo contigo mismo. No te perdonarás la mínima falla; serás tu propio verdugo.

2. Revisa tus metas y las posibilidades reales para alcanzarlas


¡Por favor, no te coloques metas inalcanzables! Exígete a ti mismo de acuerdo con tus posibilidades y capacidades reales. Si te descubres intentando subir algún monte Everest y te estás angustiando, tienes dos opciones racionales: cambiar de montaña o disfrutar del paseo. Cuando definas alguna meta, también debes definir los escalones o las submetas. Intenta disfrutar, “paladear”, subir cada peldaño, como si cada uno fuera un gran objetivo en sí mismo, independiente de la máxima cima. No esperes hasta llegar al final para descansar y sacarle gusto al trajín o a la lucha. Busca estaciones intermedias y piérdete un rato en ellas, en los recovecos y los caminos que no conducen a Roma. Escribe tus metas, revísalas, cuestiónalas y descarta aquellas que no sean vitales ni te lleguen desde dentro. La vida es muy corta para que la desperdicies en un devenir incierto o impuesto por ideales que no te nacen del alma o son impuestos desde fuera y ajenos a tu ser.



Recuerda: si tus metas son inalcanzables, vivirás frustrado y amargado. Nadie te soportará, ni tú mismo.

3. No observes en ti sólo lo malo


Si sólo te concentras en tus errores, no verás tus logros. Si sólo ves lo que te falta, no disfrutarás del momento, del aquí y el ahora. Rabindranath Tagore decía: “Si de noche lloras por el Sol, no verás las estrellas”. Hay veces que el corazón sabe más o capta más información que nuestra ceñuda razón. No estés pendiente de tus fallas e intenta acomodar tu atención también hacia tus conductas adecuadas, las que te son productivas, aunque no sean perfectas. El método que te propongo es redirigir tu atención de una manera más benévola y equilibrada: cuando te encuentres focalizando negativamente tus “malas conductas o pensamientos” de manera exagerada: ¡detente! Toma un respiro y trata de inclinar la balanza. No te regodees en el sufrimiento.


4. No pienses mal de ti


Sé más benigno con tus acciones. Afortunadamente no eres perfecto ni eres tampoco tan horrible, aunque te empeñes en serlo. No te insultes ni te faltes al respeto. Lleva un registro sobre tus autoevaluaciones negativas, detecta cuáles son justas, moderadas y objetivas, y cuáles no; y si descubres que el léxico que usas para ti mismo es ofensivo, cámbialo y busca calificativos más constructivos y respetuosos respecto de tu persona. Reduce tus autoverbalizaciones (pensamientos sobre ti) a las que realmente valgan la pena y ejerce tu derecho a cometer errores. Los seres humanos, al igual que los animales, aprendemos por ensayo y error, aunque algunas personas crean que el aprendizaje humano debe ser por “ensayo y éxito” (esto es mentira y posiblemente producto de una mente narcisista). El costo de crecer como ser humano es equivocarse, meter la pata: concierne a una ley universal inescapable. Es imposible no desacertar de tanto en tanto, y por tal motivo no tienes más remedio que aceptarlo humildemente y sin pataletas. Lo que debes entender es que los errores no te hacen mejor ni peor, simplemente te curten, te muestran nuevas opciones y te traen de los cabellos a una verdad que no siempre es agradable: sólo te recuerdan que eres humano. Cuando hablemos de la autoeficacia volveremos sobre el miedo a equivocarnos; por ahora, sólo debes comprender un principio básico de la salud mental: si yerras, no te trates mal.



5. Quiérete la mayor cantidad de tiempo posible


Sería lo ideal. Un autoamor estable es preferible que uno fluctuante y que dependa de factores externos (autoestima estable y regulada por uno mismo). La premisa: “Si me va mal, me odio, y si me va bien, me quiero” es injusta contigo. ¿Harías lo mismo con un hijo o con una hija? No, ¿verdad? Los amarías a pesar de todo y por encima de todos. Los educarías, claro está, pero el afecto por ellos no cambiaría según sus resultados, no se modificaría un ápice. Si el amor que sientes por ti fluctúa demasiado o depende de tus hazañas y grandes logros, quizá no te quieras tanto. Vale la pena aclarar que aunque una autoestima bien constituida se mantiene en el tiempo y tiende a ser constante, esto no impide que en ocasiones sientas una escalada de “miniodios” pasajeros hacia tu persona por lo que hiciste o dejaste de hacer, e incluso puedes llegar a no soportarte por unas horas. Refunfuñarás, tendrás rabietas y discusiones de “yo” a “yo”, pero tu valía personal, si realmente te amas a ti mismo (tu amor propio), nunca entrará en juego. Te perdonarás y volverá surgir el idilio con aires renovados. No obstante, si las oscilaciones entre el autoamor y el odio personal son reiteradas, hay que pedir ayuda profesional.

6. Trata de acercar tu “yo” ideal a tu “yo” real


Las metas imposibles, extremadamente rígidas, aumentan la distancia entre tu “yo” ideal (lo que te gustaría hacer o ser) y tu “yo” real (lo que realmente haces o eres). Cuanto mayor sea la distancia entre ambos, menor será la probabilidad de alcanzar tu objetivo, y más la frustración y los sentimientos de inseguridad. No te querrás a ti mismo, no aceptarás tranquilamente a quien eres en verdad, sino al “otro yo”, al imaginario, a uno que no existe. Si has idealizado demasiado lo que deberías ser, lo que eres te producirá fastidio, y, de acuerdo con mi experiencia como terapeuta, el único material de trabajo útil con el que cuentas para tu mejoramiento es asumir quién eres, sin anestesia ni autoengaños. Quizá no te gusten muchas cosas de ti mismo, pero lo que interesa es tu materia prima, lo que muchas veces se te escapa y no alcanzas a observar por estar mirando el “yo” soñado que se desplaza por la nubes.

7. Aprende a perder



La autoexigencia exagerada se mide en función de las posibilidades de cada uno; es así de sencillo. Si no posees las habilidades o los recursos necesarios para lograr tus fines, la aspiración más simple se convertirá en una tortura. En estos casos, la revaluación objetiva y franca de tus aspiraciones en relación con tus capacidades es la solución: hay que aprender a perder. Existe una resignación sana cuando los hechos te embisten y puedes verlos objetivamente: persistir testarudamente en una meta suele convertirse en un problema. A veces hay que despertar de los sueños, porque no se harán realidad, y esto no te hace mejor ni peor, sino más realista y aterrizado. Deponer las armas y entender que la batalla ya no es tuya te hará más libre y feliz: un mejor combatiente de la vida.

Recapitulemos y aclaremos.

La autocrítica moderada, la autoobservación objetiva, la autoevaluación constructiva y el tener metas racionales y razonables ayudan al desarrollo del potencial humano. No estoy censurando la autocrítica y la autoexigencia per se y en todas las circunstancias. Lo que sostengo es que por escapar de un extremo psicológicamente pernicioso (la pobreza de espíritu, la pereza, el fracaso, el sentirse “poco” y el no tener expectativas de crecimiento) a veces llevamos el péndulo hacia el otro extremo, igualmente dañino y nocivo. Eres una máquina especial dentro del universo conocido; no te maltrates ni te insultes. Para ser exitoso no necesitas del autocastigo.

PDF: Enamorate de ti




El libro va dirigido a aquellas personas que no se aman lo suficiente a sí mismas, que viven encapsuladas, amarradas a normas irracionales y desconsideradas con ellas mismas. También va dirigido a quienes sabían amarse a sí mismos en alguna época y se han olvidado de hacerlo por los rigores de la vida o las carreras desenfrenadas por la supervivencia, donde uno se pone en segundo plano, como si fuera material desechable. La propuesta de estas páginas es simple y compleja a la vez: “Enamórate de ti; sé valiente; comienza el romance contigo mismo, en un ‘yo sostenido’, que te haga cada día más feliz y más resistente a los embates de la vida cotidiana”.

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